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José Antonio García Higuera y su método Van Riper |
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¿Hay una esperanza para los que tartamudean? Yo soy tartamudo, pero he vivido durante muchos años alejado del mundo de la tartamudez. Más o menos a los veinte años la superé, gracias a un método ortofónico llevado a cabo con todo rigor. De entonces acá he vivido mi trabajo de enseñante sin problemas, habiendo sufrido, sin embargo, algunos episodios, a manera de pequeñas recaídas, que no dejaron en mí huella. Hace unos tres años tomé contacto con la Fundación Española de la Tartamudez y algo más tarde con la Fundación Latinoamericana (creo que esta última no es exactamente una fundación). Fue como volver a un mundo de colores y sonidos fuertemente familiares. De nuevo ante el drama de la frustración y el fracaso, pero esta vez en otros, no en mí; sobre todo ha sido la desesperanza en tantos percibida lo que más me ha vuelto a doler, descubriendo que no se tenía otra meta que la de familiarizarse con la tartamudez. Desensibilización, asertividad...: han sido palabras cuyo significado he tenido que redescubrir. Son como gritos de ánimo para que el que sufre la tartamudez alcance a vivir en paz consigo mismo. En tales circunstancias, me lancé a contar ingenuamente en los foros cómo es que yo me había curado. Ingenuamente he dicho porque, mientras yo contaba con sencillez la alegría de mi propia curación, pensando que creaba esperanza donde nadie esperaba nada, en realidad lo que hacía era suscitar la animadversión, hasta grados insospechados, de los más entendidos y titulados de estos foros, de tal manera consideraban trasnochados y embaucadores los métodos ortofónicos. ¿Qué estaba sucediendo? Mientras, haciendo oídos sordos, ayudaba a superar su tartamudez a los que elegían este camino que yo proponía, traté de entender a estos titulados y entendidos. Me hice de los libros que ellos mismos recomendaban, y creo haber dado con las raíces de tales actitudes. Por encima de todo hay un nombre: Charles van Riper, creído, seguido, casi idolatrado. Él encarna lo más concienzudo de la investigación moderna sobre la tartamudez, y él llegó a una conclusión importantísima: la tartamudez no tiene curación, sólo será posible hacerla llevadera. Charles van Riper debió sufrir experiencias traumáticas intentando curar su propia tartamudez a través de métodos ortofónicos durante las primeras décadas del siglo XX. Experiencias ajenas, quizá también propias. Tal como él las refiere, por sorprendente que parezca, buscaban la curación de la tartamudez no pocas veces por medio de castigos y humillaciones de los niños y adolescentes tartamudos. A veces las descripciones de tales terapias cobran tintes verdaderamente oníricos. Por supuesto que no todas estas terapias fueran desarrolladas de manera semejante, por ejemplo, la que yo mismo realicé ya en la segunda mitad del siglo XX. Dura sí, porque exige voluntad y decisión, pero llena de optimismo y esperanza. Van Riper investigó denodadamente la naturaleza de la tartamudez. Sus conclusiones han quedado seria y fuertemente corroboradas por la experiencia clínica. Probablemente alcancen sus objetivos casi infaliblemente, con tal de que se cuente con un importante equipo de terapeutas, concienzudamente preparados para este trabajo específico en un marco clínico suficientemente subvencionado. Pero no hay que olvidar cuáles sean estos objetivos, que me atrevo a reducir a sólo llegar a hacer de la tartamudez algo realmente llevadero. A partir de estas consideraciones he llegado a considerar inadecuada la comparación de las teorías y métodos de Ch. Van Riper con un método ortofónico seriamente desarrollado, fundamentalmente porque sus objetivos son específicamente diversos. Cuando hablo de métodos ortofónicos , me estoy refiriendo expresamente al de Jesús Ordóñez Ancín, sacerdote navarro y, según él mismo, tartamudo muy severo. Desarrolló su terapia durante los años cincuenta. Bastante avanzada esa década, un compañero de facultad me enseñó este método y me ayudó a realizarlo. Desde entonces mi vida ha sido otra y he andado caminos que no habrían sido posibles de no haberme encontrado con esta terapia. Van Riper busca que la tartamudez deje de ser causa de ansiedad en la persona que tartamudea. Procura esta meta a través de complejos medios, seriamente estudiados y aplicados en clínica. Él no rechaza que "sus clientes" (como él los denomina) alcancen en mayor o menor grado la fluidez, pero ciertamente no es la fluidez lo que busca. Ordóñez, por su parte, lo que busca es precisamente la fluidez en el tartamudo a través de medios simples, al menos aparentemente, de los que no es el de menor importancia el aprendizaje de la regulación de la respiración cuando se produce la ansiedad a la hora de la comunicación. En la medida en que se avanza en la práctica de esta terapia, los bloqueos van desapareciendo y con ellos la ansiedad. La terapia psicológica en este método no es, pues, buscada directamente, pero sí se da indirectamente. Que un método, que es nada en comparación con la compleja terapia de Ch. Van Riper, alcance éxitos irrefutables, provocará un fuerte rechazo entre los incondicionales seguidores del norteamericano, al caer en el error de comparar, de situarlos como alternativa el uno frente al otro método, sin tener en cuenta que los objetivos buscados son diversos en cada uno. Los evidentes éxitos de la terapia de Ordóñez serán negados, atribuyéndolos a la casualidad, a la sugestión, de escasa duración, etc., cuando podrían, no sólo no ser alternativos, sino complementarios: nada impide que alguien, sometido a la terapia de v. Riper, aprenda el ritmo y control de respiración de Ordóñez, con tal de que la desensibilización aprendida en la primera de las terapias, haya sido verdaderamente eficaz. Es evidente que la investigación, el progreso en el conocimiento de la tartamudez ha de ir por los caminos de Charles van Riper, por lo que nadie se atreverá a negar su importancia y utilidad. Es evidente también que algunos se están sirviendo con éxito de métodos ortofónicos. ¿Por qué oponerlos? Emilio Mª Borrego Pimentel
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